Los porreos: historia y origen de una palabra
Miguel González Pereda repasa el origen geológico e histórico de los porreos de la ría, la etimología de la palabra y los viejos pleitos por la propiedad de las marismas de Muslera, para reflexionar sobre el exceso de administraciones que hoy los gestionan.
Artículo de opinión de Miguel González Pereda · 10 de marzo de 2024
Todo comenzó en la última glaciación, llamada de Würm, hace unos 120.000 años, que provocó el descenso del nivel del mar; el río excavó y profundizó su cauce formando el valle. Tras la retirada de los hielos, hace unos 12.000 años, el mar recuperó su nivel e inundó el valle formando el estuario y la ría. Las praderas marinas que se forman en sus orillas son lo que llamamos porreos.
Se dice que la voz porreu, porreo, viene de «aporreo», de cuando se rellenaban tierras y cárcavas pagando a perrona el cesto de material de relleno, según contaba la abuela de Lluis Portal, vecina de Tornón. Otros aseguran que es una corrupción de la palabra neerlandesa polder, que designa en Holanda los terrenos ganados al mar, y que la trajeron ingenieros de aquel país a principios del siglo XX. Pero antes de que vinieran los ingenieros holandeses, e incluso antes de las desamortizaciones de Madoz (1855) y de Mendizabal (1836), en Villaviciosa ya se llamaba porreos a las marismas de la ría.
Mi opinión, por añadir una más, es que la palabra porreu probablemente deriva de «prop río» o «prorío», palabra desaparecida pero utilizada por los Caveda a finales del XVIII y principios del XIX en la descripción geográfica de las parroquias del concejo maliayo que rodean la ría. «Prop río» es voz latina que se traduce como «propio del río» o «terreno propio del río», y tiene más sentido y parece una derivación más fácil hacia porreo que polder.
Siempre creí que la palabra porreo era nuestra, que solo se usaba en Villaviciosa, y fue una sorpresa encontrarme, leyendo un artículo sobre gastronomía andaluza, con una «tortilla de camarones de porreo»: allí también llaman porreo a las praderas de fanerógamas marinas de la desembocadura de los ríos San Pedro y Guadalete, en la Bahía de Cádiz. Porreos en la otra punta de España.
Tampoco estuvieron los porreos exentos de polémica. Luciano Castañón reseñó, en uno de los primeros números de la revista Cubera, un folleto publicado en Madrid en 1878 sobre las consultas de tres afamados juristas que defendían a Bernardo del Llano en el pleito contra Antonio Cabanilles por la propiedad de las marismas de Muslera. En 1873 el Gobierno había concedido a Bernardo del Llano las marismas de la ría, con cierta reserva sobre las de Muslera, invitándole a acudir a los tribunales. Apareció entonces el señor Cabanilles reclamando el «Porreo de Muslera», que según él pertenecía a la familia de su esposa desde 1621. Los juristas consultados cuestionaron la autenticidad de aquella escritura de 1621, sostuvieron que tales terrenos solo podían adquirirse por concesión del Estado y recordaron que en 1870 el porreo constaba como propiedad del Ayuntamiento, no de la familia Peón.
El problema actual de los porreos es el exceso de administraciones que los gestionan, y da la impresión de que la que menos pinta es la local, siendo quien debería tener la voz con más autoridad por el interés propio del municipio. Administraciones que los descontrolan sin control, a veces de forma arbitraria, mandando al carajo de un plumazo los valores que motivaron su declaración como espacio protegido, para después escudarse en que el Estado no tiene dinero para repararlos y pedir que lo hagan los concesionarios o el Ayuntamiento por motivos de seguridad.
Nos podrán cambiar la historia, la misma vida nos llevará parte de ella, pero nunca los recuerdos. Los porreos son parte del paisaje y de los recuerdos más felices de muchas generaciones de villaviciosinos: un paisaje que hablaba de nosotros, hecho por nosotros y por los ribereños, no por las administraciones, y que mantenía un equilibrio vital. Han desaparecido los usos tradicionales, el equilibrio se ha roto y se ha convertido en otro paisaje. Uno llega a la conclusión de que, en los porreos, falta sentido común: el exceso de protección burocrática puede ser tan malo como la falta de cuidado por ignorancia.
