La ría de Villaviciosa: sin inversión desde el siglo XIX
Los empresarios que cerraron los porreos entre los siglos XIX y XX invirtieron sumas fabulosas en la ría. Desde entonces, denuncia Ignacio Alonso, nadie ha invertido de verdad en su nueva figura de Reserva Natural, por más que la administración exhiba un millón y medio de euros en «apaños».
Artículo de opinión de Ignacio Alonso L. Iñarra · Grupo Social Protejamos Nuestra Ría
Los empresarios y particulares que apostaron por cerrar unas zonas de la ría tras adquirir los terrenos al Estado entre los siglos XIX y XX invirtieron importantes cantidades de recursos y dinero en configurar los porreos y proteger los terrenos de la inundación, propiciando su utilización agrícola y ganadera. Los emprendedores que construyeron los diques de contención de la ría, destinados a generar infraestructuras para permitir su navegación y desarrollar una industria aprovechando el estuario como puerto de cabotaje, no lograron conseguir lo que pretendían, pero se vieron abocados a inversiones fabulosas que han configurado una parte de la ría que hoy disfrutamos.
Aunque eran otros tiempos, tanto unos como otros actuaron sobre el medio para conseguir una ventaja que entonces era loable y favorecida por el Estado. A partir del momento en que nuestra civilización empezó a ser consciente de la importancia de los humedales y el medio ambiente, la prioridad económica que impulsaba el Estado se fue sustituyendo por una prioridad ambiental: empezó una época de protección de la calidad de vida y de los elementos naturales que la sustentan, y así hasta nuestros días.
La transición fue dura, los cambios de usos y costumbres fueron progresivos, y en la ría de Villaviciosa desaparecieron las inversiones que debían haber potenciado la protección y el disfrute de un paraje que representaba el cambio que poco a poco vamos afianzando. Nadie, desde principios del pasado siglo, ha invertido en la figura en que se ha transformado la ría —una Reserva Natural—, por mucho que la administración se empeñe en exhibir de forma reiterada, desde 2021 a 2025, la inversión de un millón y medio de euros utilizados en reparar «algunos agujeros» de la ría. Parecería que todo el mundo ha hecho los deberes con esa inversión «plurianual», y no es así; aunque todavía quedan unas perrillas del millón y medio para invertir en apaños, de los que nos enteraremos a su debido tiempo con la misma profusión de prensa y televisión que el resto. Nunca en la historia cercana se le ha sacado tanto provecho mediático a lo que defienden como una «adaptación al cambio climático» financiada por el Ministerio para la Transición Ecológica con fondos de la Unión Europea.
Vendernos, como nos intentan vender, que el sistema de recogida y tratamiento de las aguas residuales que discurren por su orilla es una inversión para mejorar la ría —y no una inversión necesaria para cumplir la ley y mejorar la calidad de vida de las personas y del medio ambiente, que nada tiene de inversión «en la ría»— es hacer trampas. Vendernos que la ría está atendida, vigilada y gestionada con acierto, que hay alguien pensando con perspectiva y rapidez en cómo avanzar en los temas relacionados con el turismo, el ocio, la navegación, los accesos, el mantenimiento y la mejora de las condiciones que la naturaleza demanda en compensación por todas esas modificaciones, es intentar convencernos de una falsedad.
El abandono de la ría es una evidencia: el tiempo pasa y nadie hace nada de provecho. Los que gestionan dejan inundarse los porreos, las carreteras y los caminos, hacen desaparecer la biodiversidad desarrollada de forma natural en centenares de hectáreas, y olvidan que la sociedad quiere participar, como obliga la Ley, en la toma de decisiones, y que quiere que alguien esté al frente de todo eso. Nos aburriremos todos de contar y oír siempre lo mismo, pero insistiremos para que nadie olvide que las cosas no se están haciendo bien. Y ya llevamos mucho tiempo de retraso.
